Llegar a la mitad del calendario académico suele verse como un logro, pero para muchos niños y adolescentes representa el punto crítico donde las fuerzas comienzan a fallar.
En el último tiempo, las consultas por salud mental infanto-juvenil han mostrado una tendencia preocupante. En ese contexto, aparece el agotamiento escolar como una respuesta a la sobreexigencia y al estrés acumulado.
Cuando el rendimiento académico empieza a decaer acompañado de desmotivación profunda, cambios de humor o dolores corporales sin causa médica, estamos frente a señales de alerta que no podemos normalizar.
Estudios recientes a nivel global e informes de la Defensoría de la Niñez y la OMS advierten que cerca del 20% de los niños y adolescentes experimenta algún trastorno de salud mental, siendo la ansiedad y la depresión los cuadros más comunes detonados por la presión escolar.
El agotamiento académico puede afectar los procesos cognitivos de los menores, dificultando la concentración y provocando síntomas físicos como cefaleas crónicas, insomnio o bruxismo, manifestaciones corporales evidentes del estrés, que requieren una intervención oportuna antes de que se transforme en una crisis mayor.
Este agotamiento de mitad de año ocurre tras meses de responder a evaluaciones, sin espacios reales de desactivación emocional. Los cerebros en desarrollo son altamente vulnerables a los niveles elevados de cortisol (la hormona del estrés), lo que altera el estado de ánimo y deteriora la autoestima al sentir que ya no pueden cumplir con las expectativas de los adultos.
Por ello, abordar esta problemática no implica exigirles “un último esfuerzo”, sino reconfigurar la forma en que entendemos el éxito escolar y dar prioridad a la estabilidad psíquica del menor.
Para los padres y cuidadores, las recomendaciones principales apuntan a transformarse en un refugio de contención en lugar de un factor de presión adicional. Para lograrlo, te recomendamos estas acciones prácticas:
•Validar sus emociones: Conversa abiertamente sobre cómo se sienten, permitiéndoles expresar su frustración sin juzgarlos ni minimizar su cansancio.
•Flexibilizar las expectativas: Reduce la presión por obtener calificaciones perfectas y prioriza el esfuerzo y el bienestar emocional por sobre el promedio de notas.
•Estructurar rutinas de desconexión: Resguarda el descanso diario, fomenta una alimentación equilibrada y asegura espacios para pasatiempos que no estén vinculados a los deberes escolares.
•Buscar orientación profesional: Si notas un aislamiento prolongado, irritabilidad extrema o una apatía persistente que no mejora con el descanso del fin de semana, consultar con especialistas en salud mental infanto-juvenil es el paso clave para devolverles las herramientas de bienestar que necesitan.